Por: Avalon Tiempo aproximado de lectura 0'22 minutos

Xoel, tronco…
Desde lo más profundo de mi honda catarsis personal, reaparezco brevemente de entre mis cenizas para saludar a los fieles, a los amigos y muy especialmente a los que no lo son, y con todo mi cariño y la rotundidad que me permiten mis visceras, hago mía sin permiso una frase que alguien gritó: “soy popero y no estoy triste!!”, por si alguien lo dudaba y para tranquilidad de mi sicoterapeuta y de mi familia… en cualquier caso, estuvo bien.
Gracias y quien sabe si hasta pronto…


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Por: Avalon Tiempo aproximado de lectura 0'13 minutos

Mañana empiezo el día con esta en el coche:
Chorus:
Is anyone there
Here is the fence that they built
(Over there)
Is anyone there
Here is the fence that hate built
(Over there)
Y por mis huevos que va a ser un buen día, hostia ya!!


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Por: Avalon Tiempo aproximado de lectura 1'32 minutos

damita.jpg Si el diablo buscase un lugar donde tomarse una última copa sin duda acudiría al Gatsby. Es un local del centro de la parte vieja de la ciudad donde por un puñado de monedas, putas y proscritos apuran contigo los hielos mientras el destartalado piano escupe el destino truncado del que fue un pianista prometedor. Sí, muchacho, sabes que adoro la manera en que tus dedos zurcen los silencios con notas mientras Lucía, la rubia cantante de tacones imposibles, desentona alguna canción de Amy Winehouse. Si, muchacho, sabes que sueño con esa jodida puta rubia de bote que vomita canciones con el mismo desprecio con el que rechaza mis copas y que aun en mis sueños, maldita sea, me castiga con su indiferencia.
Sin duda, el diablo se sentiría allí como en su propia casa. Rodeado de seres nocturnos y noctámbulos. Habitantes del crepúsculo más desesperanzador aderezados con las notas tibias a media luz que huyen del destartalado piano que descansa al fondo del local bajo una gran foto en blanco y negro de una gran nevada en Long Island. Todo en el Gatsby te invita a sentirte trasladado a otra época. En ocasiones, te empuja a sentirte trasladado a otra vida. Todo, incluso Remo. Nunca supe si ese era su nombre real o un apodo arrancado a su cara de marinero curtido en los cinco océanos. Remo es el que sirve las copas. Es un tipo serio y desconfiado, acostumbrado a lidiar con las putas y a echar del garito a los macarras. Tiene la mirada dura y cenicienta de un gánster y una tommy gun le quedaría a sus manos como el cirio a una beata. Remo no es un tipo al que te sientas invitado a hacerle bromas y sin embargo, aunque a su manera, los que le conocemos sabemos que es un buen tipo. Tómate esta, invita la casa, me dijo la penúltima vez que Lucia me mandó a tomar por culo. Remo es un tipo de pocas palabras, pero cuando habla y deja escapar esa filosofía tabernaria de su boca difícilmente encuentras argumentos con que rebatir sus ideas por descabelladas que sean.
De alguna manera, se podría decir, que todos los habituales de Gatsby somos como una gran familia con sus desavenencias y cierta escarcha en la mirada y en las fotos.

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Por: Avalon Tiempo aproximado de lectura 1'09 minutos

807371_fashion_photography.jpg Ella tenía la mirada felina, las manos diestras, el tacto envenenado y esa extrema sensualidad que da el deseo compartido. Hasta la sombra de sus tacones gritó la palabra pecado cuando estos martillearon el eco adormecido de la habitación del hotel, y sus ojos, susurraron al deseo cuando su cuerpo, esbelto y desnudo, surgió bajo el dintel de la puerta del baño. Sí, muchacho, hay caídas para las que viene más a cuenta la extremaunción que un paracaídas y de sobra sabía donde me metía, pero cuando el diablo en persona te invita a bailar una noche solo te queda la opción de aferrarte a su cintura con la fuerza que te quede y la esperanza de que sus brazos se enreden antes de caer en tus brazos. Ahí aprendí que el infierno no es más que un paraíso perecedero y volátil como lo eran sus sonrisas y que a veces, si quiera algunas veces, fracasar no es diferente de firmar en el libro de admisión del paraíso.
Si muchacho, de sobra se que mis ojos chispean al recordarla y que prefiero ahogarme en esta copa a volver a verme en la soledad acompañada de aquel motel, pero mi piel añora su piel cada madrugada y se que no dudaría ni un segundo en bajar al infierno nuevamente de su mano.
De madrugada, como los ladrones, cogió su ropa, me besó dulcemente en los labios y desapareció para siempre de mi vida. La vi irse, muchacho. La ví cruzar para siempre el dintel de la puerta y no pude ni alzar la voz para detenerla. Ya no la busco, no. Pero desde entonces sueño que la penumbra me escupe su silueta cada vez que duermo en una habitación extraña.

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Por: Avalon Tiempo aproximado de lectura 1'08 minutos

30115.jpg
ahora
están celebrando mi defunción
en tabernas que yo ya no
frecuento
ahora
yo bebo solo
dentro de esta máquina
defectuosa.


Charles Bukowski - Arrinconado
Lentamente se desdibuja una silueta en su memoria. A penas duerme. A penas ya ni respira. El tintineo de sus pasos sobre el gris empedrado fue quebrando la noche y su vida en el recuerdo. Su memoria, el lento e incierto transcurrir de las horas, más allá del calendario. El susurro casi imperceptible de su conciencia, adormecida ya. Los ecos de la miseria que le aguarda más allá de las paredes que le franquean la salida a ningún sitio. Qué importa el lugar infranqueable de los barrotes si el pulso de la mujer que amaba se diluyó a penas horas antes entre sus manos. Quisiera borrar el tiempo, pero ahora, es ahora y el pasado lo que no tiene es remedio.
Siente tras las paredes de la celda el transcurrir diario de la normalidad. El estertor acallado de un mundo que parece ahora lejano, ausente, inútil. Mueren las horas lenta e insidiosamente mientras las miente un lejano campanario que él imagina decrépito y enmohecido, ajeno como él al tiempo y contradictoriamente encargado de subrayar su paso. No muere, porque ya murió mientras la vida de ella se difuminaba entre sus dedos. No vive. No, él tampoco vive.
Se imagina, caminando hacia el patíbulo, con el garrote vil aguardando para extirparle su pasado. Pocos días le separan de ese momento y siente frío y vergüenza. A veces, solo vergüenza e imagina un pasillo infinito por el que sus pies transitarán hacia ninguna parte. Hacia el adiós. Hacia la nada interminable. Pero ahora, aún es ahora. Las campanas dan las seis y un cuarto.

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